viernes 3 de abril de 2009

La vida continúa (¿hasta cuando?) -crónica gris que quiere llegar a ser roja-


por Orlando Mazeyra Guillén

La vida es un continuo aprendizaje, dicen los que saben. Y yo, que no sé nada, desconfío (mi experiencia lo hace obstinadamente), porque no aprendo: me desprendo (de ideas, afectos, pulsiones y sensaciones de toda estofa, que un día iluminaron mi presente y me anunciaron un futuro que guardaba cierta simetría con mis sueños, ¡tamaño disparate!). Si algo me ha enseñado la vida es que hay cosas que pasan, cosas que pesan, y nos hacen más duros, gélidos –quiero decir indolentes–, porque en realidad nos endurecen el corazón, el sexo, las manos, la piernas o el semblante que le mostramos a esa realidad que siempre se las ingenia para sacarnos la vuelta (“la muerte es una amante despechada, que juega sucio y no sabe perder”).

Camino por la Plaza de Armas tratando de olvidarme de mí mismo y pienso que hay gente con caries, migrañas, pies planos, várices, escoliosis, cáncer o sida. Y habemos otros que –aparte de la gastritis crónica producto de la ansiedad, el alcohol y las caparinas– estamos enfermos del corazón. ¿Alguna cardiopatía?, preguntará el especialista. No, ¡qué va! Hablo de cosas más profundas que ningún bisturí podrá siquiera rozar simplemente porque no están dentro de mí, sino “lejos, en el centro de la tierra: las raíces del amor donde estaban quedarán”.

A veces pienso que la vida sólo sirve para preguntarse: ¿cómo se aprende a amar? No es algo que me haya enseñado la sociedad, porque lo único que esa señorona hipócrita y (supuestamente) sabihonda me ha enseñado es a querer parecerme a los demás (será por eso que la odio) o, al menos, a tratar de no salirme de los márgenes, los patrones normales (“míralo a Periquito, ¡qué orgullo de sus papis!”). Si lo haces, luego viene lo feo: eres un vago o no tienes claro tu futuro, el sistema se irá encargando de ti o el psiquiatra te atiborrará de medicamentos para afinarte el motor como si fueras un Tico cochambroso. “¡Haz lo que te salga de los forros!”, parece decirte tu conciencia y, en contrapartida, “haz lo correcto”, te dice ese Pepe Grillo que tiene el rostro de tu madre, de tu gente, de la gente que quieres y que te quiere ver “bien, hecho un hombre de provecho”.

Si algo se aprende en este mundo de payasos y tetudos que salen a diario en los noticieros mostrando sus miserias y ocultando fechorías; es que nosotros, en nuestro recinto privado (“el hogar, dulce hogar” que a veces suena a mitología barata o a cuento de hadas) somos iguales o peores que ellos. Sí, hay que reconocerlo, aunque joda.

Indagar sobre la vida es hacerlo sobre la muerte. ¿Qué dejo y qué me llevo? El amor no se toca ni se embroca, simplemente se respira (se transpira). No es mucho ni poco, simplemente ES. Y el amor no es un gesto cotidiano como piensan algunos. Es besar como si ese beso fuera el último (o el primero). Olvídese de la boca, bese con los ojos, las manos o, si puede, con la conciencia. ¿Cuántos suicidas en el mundo se habrán declarado enfermos del corazón? La gente pide auxilio y todos cierran los ojos y se tapan los oídos. Recién los abrimos cuando “ya se consumó”: la portada del diario a todo color y el tiraje que crece, sube como la espuma. “Los que se suicidan son cobardes”, murmurará el tonto por antonomasia o el cura que predica el amor (pero no entre homosexuales, ¡oh, Señor!).

Al final, pocos son capaces de reconocer -como yo lo estoy haciendo- que odian. Y por eso ya estoy medio muerto. Ya no espero nada de la vida, quizá ese sea mi único delito. Juzguen a este triste revejido. Háganlo todos, menos la Muerte.

miércoles 3 de diciembre de 2008

Andrés Calamaro en Lima



por Miguel Monroy

fotografía de K-lamares


El domingo 26 de octubre, luego de diez años de ausencia, Andrés Calamaro, presentó un concierto tan memorable como el de El silencio. Ambos distintos, por cierto, pues, a diferencia de aquel mítico concierto del noventa y ocho, en esta ocasión, Andrés, ya sin la voz de antaño pero más sabio, cantó muchas más canciones, muchos más éxitos. Aproximadamente, a las 8:18, se dio inició al concierto. A cada minuto la expectativa crecía. Crecía el entusiasmo por ver, por oír a Andrés. Por fin, frente al micrófono, Calamaro cantó a capela: Quiero arreglar todo lo que hice mal —el inicio confesional de “El salmón”— y en una parte de la canción, fiel a su estilo, cambió la letra por el nombre de la bebida de sabor nacional. El público, por supuesto, dejó sentir su euforia. Luego prosiguió “Los chicos”, considerado, igual que el primero, todo un himno para sus seguidores. “Menos mal que hice un calentamiento previo”, pensé. El pie lastimado ya casi no me dolía aunque me era difícil darle movimiento. Arriba, en el escenario, Andrés, vestido totalmente de negro, entre Gardel y Dylan, con lentes oscuros, chalina blanca, rosa en la solapa del saco, sombrero y guitarra eléctrica en mano, continuaba cantando, afinándose con el transcurrir de los minutos y las canciones.




La música es adicción. Ahora, después de algunos años puedo atreverme a afirmar que, entre toda la discografía de Andrés, son cuatro sus mejores discos: Alta suciedad, Honestidad brutal, El salmón y La lengua popular. Por supuesto, hablar de él, como es lógico y obligatorio, es hablar de sus canciones, de esa manía por componer, por cantar, por hacer canciones que quizá no pasen en la radio, pero que harán historia. Y, como él mismo afirma, desconfiar de la palabra poesía, ya que “el éxito es terminar un disco, no que lo compren otros”.


Con Alta suciedad, le llegó el reconocimiento internacional, y más tarde, a los treinta y siete años grabó Honestidad brutal, disco doble con treinta y siete canciones que no hicieron más que encumbrarlo como letrista. Pero el viaje recién empezaba. Un año después, en el 2000, vendría su trabajo más arriesgado: El salmón. Si anteriormente había estado experimentado con canciones cada vez más personales, grabándolas tal y como las concebía, con éste disco llegó al éxtasis. Conformado por cinco discos y ciento tres canciones, un suicidio desde el punto de vista comercial, El salmón, contiene letras y música por momentos sardónica y experimental, melodiosa y simple. Sin duda, la cumbre de su momento creativo. Pero ¿cuándo empieza el momento creativo? “Cuando uno se caga en todo de verdad, cuando uno no sabe en qué día vive —confesó en una ocasión— […] y hace canciones con el corazón, que después no lo avergüenzan”.


Tras algunos discos, enfocados hacia otros rumbos, La lengua popular premiado en Argentina con el Gardel de oro y recientemente con el Latin Grammy a ‘Mejor álbum de rock vocal’, contiene una fuerte dosis de ese estilo calamaresco que tanto extrañábamos. Cada una de las canciones deja oír la fuerza y la entrega con la que “el cantante” se abre paso para salir, obviamente, bien librado. Ya sea por el título del disco, un innegable guiño al icono de la lengua que John Pasche dibujo para The rolling stones, o por el concepto visual que cayó en las talentosas manos de Linniers, La lengua popular tuvo el éxito esperado; así, Andrés inició una gira en España y Latinoamérica con triunfo de torero.




“Bienvenidos a la convención anual de la fotografía digital”, bromeó Calamaro mirando al público, intrigado tal vez por la gran cantidad de cámaras que lo asechaban. Contó entonces que un amigo suyo había enloquecido obsesionado con filmarlo todo. Ya sin el saco y la chalina, Andrés cogió el micrófono y cantó temas como “Minibar”, “La espuma de las orillas” y “Soy tuyo”. A mitad del concierto, para sorpresa de muchos, durante la presentación de los músicos que lo acompañaban, también se dio tiempo para presentar a Micky Gonzales, su amigo, a quien conoce hace ya varios años y con el que además ha colaborado en algunos de sus discos. Prosiguió después, soberbio y humilde, con el popular tema “La copa rota” y dos tangos a capela. En el público, muchos, brutalmente sinceros, le gritaban dándole las gracias. Vinieron entonces canciones como “Estadio Azteca”, “Te quiero” y “Chicas”. En un momento, de la emoción, hasta se le cayó de las manos el micrófono. Al recogerlo, bromeó diciendo que se le habían caído (también) sus lentes de contacto. “Siempre me pasa”, dijo cuando confundió una canción por otra y tuvieron que volver a empezar. Anécdotas aparte, hizo un espectáculo bastante bueno. Después de casi dos horas de espectáculo, se despidió, marchándose del escenario. ¿Faltaron canciones? Calamaro ha escrito y grabado tantas que un concierto suyo con cada una de ellas duraría toda una semana.


Tras el respectivo bis, Andrés regresó y entre el aplauso de la multitud cantó éxitos que no podían faltar como “Flaca”, “Paloma” o “Crímenes perfectos”, clásicos calamarescos que ya son imprescindibles en sus recitales.


Bueno, la espera había sido larga y la visita corta pero satisfactoria. Concluido el concierto, dejamos ir a Andrés. De seguro, muchos hubiéramos querido estrecharle la mano, decirle algunas palabras de admiración. Pero no fue posible. Satisfechos y más tranquilos emprendimos la retirada. Calamaro, agradecido, prometió volver; ojalá no pasen otros diez años más antes de verlo, “porque siempre hay un regreso”.

martes 4 de noviembre de 2008

La otra multitud


por Mariano Vargas
fotografía de Pierre Pouliquin

Avenida Abancay, la tarde enciende sus luces anaranjadas. “Pie derecho, pie derecho”, pisar fuerte, voltear cada tanto. “Todo fresco, loco, todo fresco”. Un tipo gris mira la cartera de la multitud que se peina con gas tóxico, con estrés, con aires citadinos. Caminar entre rostros perturbados: “Mira por donde vas, huevonazo”. Se desesperan por llegar adonde sea, a la esquina; se mueven en masas que caminan sin parar.

El neón empieza a coquetear con la noche, la gente avanza, taconean las secretarias, los poetas beben cerveza en chifas clandestinos, los policías reciben su aguinaldo, se despiden: “Ya arranca, arranca, nomá, cholito”. Los paraderos se llenan de gente, mil rutas al fracaso: a Salvador por la Z. Saco un huiro, nadie repara en el aroma hilarante de mi cigarrillo, a nadie le importa; arrojo el humo censurado en las caras de los hombres importantes, con portafolios, con negocios turbios. Observo a través de la aguja del camello, el que me vende gramos de paraíso. Encuentro aburrida a la mancha de colegiales que se saludan con chairas, con tajos improvisados. Abandonar el teatro cuando el profesor diserta sobre economía política. Anuncio publicitario: los poetas se han amarrado una corbata en la lengua y te esperan en las oficinas administrativas, que tenga usted un buen día.

En las calles, los perros hablan, conversan con la gente, casi sostienen un diálogo sensato: “Ricocan no es tan bueno como Pedigree”. “Ni hablar, no le permito que se exprese de ese modo, mi candidato es el menos corrupto, casi no roba”. Tomo una bocanada de aire, me río de los asaltantes de bancos, de los absurdos académicos, de los ingenieros del fracaso. Los otros son los que me provocan arcadas, los que me hacen vomitar peor que el licor barato. Las multitudes minoritarias son asquerosas: aquellos que deciden la programación de los borregos. En las calles no hay más que seres miserables que esconden lágrimas en sus bolsillos secretos. El proxeneta sale de las sombras, y cuando llega a su casa lee a Bajtin y prepara una violación más: poesía virgen ametrallada con lapiceros de ilustres preceptistas. Lascivos hijos de Lacan que se engominan el cabello para recibir el aplauso de la crítica más inteligente, del cafecito y el vino de fin de coloquio. Esa es la otra multitud, la de los que se sienten minorías, de los pocos que son muchos y no me importa la creación marginal, el arte inventivo.


Y es que la ciudad está en uno mismo: está en el cemento que respiras cuando naces, en las bodegas de chinos compulsivos, en los parques de abuelitos y yonkis. La muchedumbre avanza con miedo, con desesperación, corre por todas partes: a la cancha de fútbol para renegar un domingo más, a los quioscos amarillos para reírse de los hombres serios. La multitud no está en la avenida Abancay ni en el Jockey Plaza ni en mi cuarto ceniciento. Un porro antes de dormir, ver la tele llena de gente: esa es la verdadera multitud, la que amenaza todos las noches desde un aparato eléctrico, la que nos imprime ese miedo de calle peligrosa, la que nos vende brea para la cena navideña.

viernes 24 de octubre de 2008

Últimos Chi-Fan


por Oswaldo Tamayo

“Todos los caminos del arroz chaufa nos conducen al chifa”
Gastón Acurio


“¡Chaufa…!”. Una llama enorme se prende atrás del mostrador donde se atiende los pedidos. El fogón donde se concentra toda la esencia me da la bienvenida. Llego después de muchos años donde el señor Wong. Todos lo conocen así. Aunque siempre he sospechado que ese no es su verdadero nombre. Cada vez que lo llamo no me hace caso. Tengo que levantar el brazo, con el índice señalando hacia el cielo. En seguida se atiende mi orden. Un plato abundante de arroz chaufa, a la altura de mi pecho, empieza a jugar su rol protagónico. Pruebo unos cuantos granos de arroz, mientras otros saltan de nuevo al plato.

El chifita del señor Wong es un ‘hueco’ del cual no revelaré el nombre: ‘un chifa caleta’. Es de los primeros chifas al paso que aparecieron en Lima, en pleno corazón de lo que conocemos como el barrio chino, allá por la tercera década del siglo XX.

Rapidez en el servicio, la agilidad desarrollada de escuchar al cliente, sonreírle, responderle y entretanto ir preparando el plato. Estos son los pilares característicos de los chifas al paso. Observar al cocinero fajándose entre el fogón, los aromas y los condimentos; el calor o el frío seduciendo a saltear con más rapidez el combinado de carnes y arroz, o dejar suavemente que el fuego consuma la esencia de los condimentos. Una lucha constante. Cinco pedidos de arroz chaufa, una de mariscos. Harta comida cantonesa y comensal sonriente, mientras que el contraste está latente en la Lima del siglo XXI, todos paran amargados y apuraditos un viernes al mediodía.

La distinción con comer en un restaurante es notoria. Como un anacoreta en pleno desierto, uno se envuelve en sus sensaciones únicamente con el plato servido; no existen distracciones; no hay motivo por el cual detenerse a ver el decorado o alguna influencia externa; todo parece residir en ese plato servido directamente. Qué puede ser más violento que la lucha entre uno y el viento soplando sobre tu plato. Es un proceso de identificación entre los arroces fritos, las carnes y verduras y el yo interior. Toca carne. Lo más profundo se ve involucrado. Al final, una sonrisa y las gracias, muchas gracias.

CHINO Y CHOLO

Actualmente es muy difícil encontrar un chifa al paso, salvo para los que defiendan las improvisaciones criollas que hacen algunos aventurados negociantes en las afueras de los partidos de fútbol, espectáculos de cumbia, o en las afueras del Mercado Central, vendiendo chaufa con “harto huevo”, o un chaufa con juguito de ceviche.

El chau-fan o arroz frito o arroz chaufa -como guste usted- tuvo su origen en las fondas que abrieron los culíes acabado su contrato de trabajo de ocho años. A estos comerciantes colocados en las esquinas del barrio de Lima –en lo que apenas se conocía del centro de la capital a inicios del silgo XIX- se les fue conociendo como los chinos de la esquina. Es en estos lugares donde se da los inicios de la fusión culinaria entre las dos culturas.

Estos chinos independizados de sus patrones y queriendo tener más comensales, comenzaron a incluir algunos productos peruanos –criollos-, y dio como resultado lo que actualmente conocemos como chifa.

Tanto nos queda de aquellos días. El abundante arroz en los platos (costumbre traída por los españoles y no por los chinos; arraigada por los culíes que tenían que comer solo eso desde las haciendas donde trabajan) con sillao y ajo, y la famosa y repetitiva hasta el cansancio, la ‘yapita pe’, costumbre que viene hasta nuestros días, por suerte para tantos.

LOS QUE QUEDAMOS

Cuando recién conocí al señor Wong, hace ya algunos años, me contó que su padre hacia 1922 abrió su puesto, que queda exactamente a dos cuadras de donde ahora es el actual local. El abuelo fue un culíe que había llegado al Perú bajo el sistema de trabajo inmigrante. Él, junto con un grupo, por el año de 1870 –cuenta el señor Wong, que dice tener mala memoria- fugó de una hacienda por el valle de Cañete, y se instaló en lo que ahora es el jirón x, donde había un camal de cerdos para engorde. Fue de las primeras personas que empezó a vender yerbas, condimentos. Juntó dinero y pudo traer a su familia. Así llegó el padre del señor Wong. Desembarcó en el Callao y empezó el negocio que hasta ahora sigue en pie, como un sobreviviente del tiempo, contra todo.

Quedan pocos. Es cierto. Hace unos días –antes de caer por milagro del hambre donde el señor Wong- intenté buscar otro de los chifas al paso que algunos amigos decían conocer.

En las primeras cuadras del jirón Risso, estaba Don Victorio. El local sigue allí, pero algo extraño se reconoce a penas uno llega. Una gran pena. Ya está hecho todo un señor restaurante. Ni siquiera el vigilante lo reconoce; no obtuve respuesta acerca del suceso trascendente, para mí: ¿Por qué cambió? ¿Por qué no lo dejaron como estaba? Para los efectos de la economía y la competencia, “Don Victorio” había crecido y hecho grande.

Retrocediendo unas cuadras por la avenida Petit Thoars (en dirección a la Av. Javier Prado), casi en la intersección con el mercado de Lince, encontramos dos locales más. Aún tienen la forma de ser chifas al paso: esa forma híbrida entre una tienda y una cocina. En sus entradas, los patos colgando y rebosando de sazón oriental-peruano. Un pato de doble nacionalidad. Todo eso entra y no sale del estómago. Felizmente.

Ingresando, un mostrador de mayólicas blancas en el que empiezan a desfilar los platos que se van pidiendo. Atrás de ese mostrador está el fogón, la llama de la que tanto se habla: la que fríe el arroz y reproduce la historia hace dos siglos atrás.

Una vez terminado el plato, uno piensa en volver a casa o caminar algunas cuadras antes de tomar el carro para bajar la comida. ¿Qué pasará si el señor Wong decide de repente convertirse en un gran empresario, abrir un restaurante y dejar el aire bárbaro, lleno de fragancias gastronómicas y que salvajemente le abre a uno el apetito? Por suerte, el señor Wong, en esa sonrisa perenne, promete nunca convertirse en un restaurante. Todavía podemos estar tranquilos. Seguirá vigente el llegar, sentarse y olvidar todo lo que nos rodea, y solo pensar que delante de uno está la felicidad y el provecho.

jueves 14 de agosto de 2008

Infierno Popular

por Patt Monroy
fotografía de Patt Monroy

Tendría que haber sido un día común y corriente, pero no fue así. Exactamente a las 4:50 p.m. se escuchaban muchos susurros en clase. Aparentemente todo estaba en orden, claro, al menos dentro de Bellas Artes. De pronto, un compañero al cual le dicen el hombre pez se me acerca y me dice silenciosamente: “¡Incendio wevón! ¡Incendio en el mercado central!” Con mucha curiosidad, le comenté esto a unos compañeros y decidimos retirarnos de la clase de dibujo para constatar ese rumor que cada minuto se propagaba. Tomé mi cámara y sin que el profesor lo percatara salimos incógnita y rápidamente los cuatro.
Ya afuera de la escuela y rumbo al lugar de los hechos, la gente en la calle caminaba apresuradamente con cajas en la mano, bolsas, maletas; si bien es cierto que el lugar es bastante comercial y siempre hay personas llevando cajas y bolsas. Nos apresuramos aún más con dirección al Mercado Central y desde allí ya se podía contemplar el imponente desastre: el humo salía con furia y teñía de negro el cielo gris del centro de Lima y ya se podía notar el alboroto de la gente que pugnaba por salir y por entrar, como nosotros. Serenazgo y personal de seguridad del mercado evacuaban a la masa. Pudimos encontrar un acceso para una mayor claridad visual con el fin de poder tomar unas cuantas fotos. Sin embargo, algunos rostros emergentes, nada confiables, nos obligaron a adentrarnos más., pero esta vez no tuvimos éxito, pues los policías impedían el acceso de cualquiera, ya que se estaban cerrando las calles aledañas para que los bomberos puedan ingresar. Tomé algunas fotos y guardé rápidamente la cámara, pues nos dimos cuenta de los “carroñeros” que observaban con suspicacia el descuido de los incautos. Caminamos hacia la próxima cuadra. Desde allí se podía observar con claridad lenguas de fuego alimentadas por la mercadería; a los supuestos dueños solamente les quedaba mirar atónitos y desmoralizados a esa bestia incontrolable que destruía feroz (y literalmente) el esfuerzo de sus vidas. Carlos se acercó a los bomberos y ofreció ayuda; le respondieron que sólo personal autorizado podía apoyar. Un segundo de silencio hizo meditar al jefe de bombero. Después de eso, nos expresó, con un poco de recelo, que ayudáramos a dispersar a la gente de los alrededores. Pero nuestra motivación de servicio se terminó de súbito cuando un par de policías, que conversaban despreocupadamente mientras llenaban un crucigrama, se negaron a darnos unos cuantos metros de cinta de seguridad. Regresamos a la escuela. Era imposible hacer más.

domingo 10 de agosto de 2008

Varón


por Aldo Pancorvo

“Dicen que los hombres son niños,
pero a veces las niños son hombres”

The Wonder Years

Un sábado cualquiera, durante una de mis caminatas al paso sosegado de León cara de Oso, observaba a niños actuando como salvajes en la calle. Unos tenían que serlo por necesidad; otros lo eran por diversión. Un par de niños indigentes colocaban bolsas de plástico en los teléfonos públicos para interrumpir la salida de las monedas que uno introduce para llamar. Otro par, pero con casa y vacaciones, disparaba perdigones a las aves en el parque, mientras uno de ellos tenía un aguilucho muy bien cuidado comiendo de su brazo. Lo que más me sorprendía no era la mala y perversa actitud de aquellos chibolos, sino que siendo testigo no les dijera nada al respecto, convirtiendo mi silencio en complicidad. Si bien los niños tienen licencia para ser amorales, porque viven encerrados en su mundo como producto de la ingenuidad propia de la edad, ya no son inocentes ni ajenos a la realidad en que viven. Los niños indigentes se apropian de las monedas de los demás porque tienen que comer algo o rendir cuentas a un adulto abusivo que los golpea sino le llevan dinero. Mientras que la burbuja opulenta y narcisista acostumbra a los “niños bien” a que maltraten, la naturaleza que no es de su propiedad. Y se preguntarán, sobre todo los defensores radicales de la libertad de expresión y de las buenas costumbres, ¿por qué no les dije lo que deberían o no hacer, siendo yo un adulto egresado de una universidad de prestigio? Me di cuenta de que era tan salvaje e incivilizado como ellos. Quizás fruto de mi recogimiento como escritor o de mi maniática costumbre de ejercer la libertad dejando fluir las cosas, bajo la premisa de que todo encuentra o termina encontrando su forma de manera natural, haga lo que haga uno o deje de hacer. O simplemente mi inacción se debía a un extraño sentimiento de culpa que arrastraba desde pequeño. Las veces que, en San Luis y Barranco, robaba monedas de la cartera de mi madre para comprar rines o tiraba ondazos a las palomas como si continuara en el parque la guerra que perdí en el Nintendo. Mi pasado me condenaba y no me daba autoridad moral para corregir a aquellos niños, aunque sabía que estaban haciendo y haciéndose daño. Llegué a pensar, incluso, que era más inconciente que ellos por ser el único adulto supuestamente responsable en la escena. Pese a que era consecuente con los actos que cometí en el pasado, ello no me convertía en una persona madura sino en todo lo contrario: un niño salvaje más. Los niños pueden ser inconscientes públicamente porque están en una etapa de formación, es decir, son libres de equivocarse. Los adultos también podemos ser inconscientes, pero debemos llevarlo de manera privada, y es mejor simular frente a ellos que nunca fuimos salvajes (ni volveremos a serlo). El fin de aquella aleccionadora caminata con León cara de Oso había desnudado mi ser infantil y maravillosamente confundido. Antes de llegar a casa, al querer sacar mis llaves del bolsillo, se me cayó al suelo la envoltura de un condón que había usado la noche anterior. No le di importancia y, cuando estaba a punto de entrar por la puerta, la niña que trabaja haciendo piruetas en el cruce de avenidas, se acercó y me dijo con voz dulce: “Se le cayó esto, varón”.


domingo 3 de agosto de 2008

Mr. O

por Oswaldo Tamayo


"¡En qué terminará todo esto?", nos preguntábamos todos.

Franz Kafka


a Claudia Torres

Puedo decir que a Mariana Olivar la he deseado desde siempre, con las ansias de un criminal que revive a su víctima y la vuelve a matar; algo así no la quise, en este caso es a la inversa, yo soy la víctima, el apuñalado y el resucitado perpetuamente. Es válido imaginarse que a Mariana la he seguido observando sigilosamente, con detenimiento y diversión, como lo haría Dios, digamos. Por otro lado, Mr. Ó, el esposo de Mariana, intenta no morir por lo celos, al pensar que entre ella y yo existe algo. Arremete con un puñete contra la pared, y concluye que Mariana es mi amante, o de acuerdo a su punto de vista, yo soy amante de ella. No puedo negar nada de lo dicho. Solo habría que hacer un ajuste, una precisión: fue sentado en esa cama de dos plazas que ese gordo y robusto hombre de negocios se enteró de lo que pasaba entre Mariana y yo, y arremetió toda su furia mientras pudiese levantar esos brazos grasientos.

Una vez enterado, enfurecido, desecho, impotente, Mr. O salió en mi búsqueda, convaleciente, con el puño aun rojo, adolorido. No le interesaba encontrar a Mariana. Solo a mí. Me quería matar. E hice lo que no tenía que haber hecho nunca: lo llamé. La llamada que despertó la reacción de Mr. O fue provocada por un determinante grito –un pedido silencioso al inicio- de Mariana. Hazlo ya. Yo no puedo hacer esto, entiende. ¿Cómo se te ocurre? Hazlo por mí. Pero Mariana… En el momento no pensé o no me di cuenta de lo que estaba ocasionando. La voz de Mr. O se quebró de inmediato al escuchar mi declaratoria: Mariana no quiere saber nada de usted, nunca más la verá, me entiende, lo siento, en verdad, ella ya no quiere saber nada de usted… Su voz ronca se convirtió en la de un niño que pedía a gritos que le devolviesen su juguete preferido. No podía creer que le haya dicho todo eso al hombre superpoderoso, con millones de dólares, con muchos carros del año, una panza exorbitante, con una mujer que ahora era mía… y que a mis espaldas, tendida en la cama, observaba el techo, imaginando a su esposo ponerse colorado de la furia, sacar del closet un revólver, salir del edificio en mi búsqueda, tropezarse en plena lluvia. Él también estaba nervioso. Yo no lo sabía. Lo intuía. Pero yo tenía más miedo. No eras tan maricón como me hiciste pensar. Me lo dijo mirándome a los ojos, y yo tratando de esquivarla. Me eché en su vientre sin hacer caso de su elogio. Yo sí era un mariconazo, me orinaba de miedo, sudando por todo el cuerpo, especialmente por los ojos, o quizás eran algunas lágrimas.

Estuvimos desnudos por largo rato. Estábamos exhaustos. Ni siquiera hacer el amor nos había tomado una hora. El resto del tiempo estuvimos en silencio, mirándonos, pensando en nuestro próximo paso. Los amantes en estos casos prefieren olvidarse que tienen un próximo día, muchas semanas en adelante. Disfrutar el momento como dos adolescentes es lo preferible, y fue lo que hicimos hasta que Mariana tomó la iniciativa. Hay que irnos. Lo conozco. Se va a enterar dónde estamos y nos va a matar. Soy su mujer, me entiendes, ya sé cómo actúa, me ha pasado antes. Ella empezó a ponerse nerviosa. Yo le negaba con la cabeza aunque solo era una manía. Ponte esto. Me colocó unas gafas negras, ella se abrigó con una larga bufanda. Nos vestimos.

Todo afuera era reconocible para Mr. O, incluso una mosca volando por el basural a cientos de kilómetros era vista por Mr. O, enfurecido, exhausto de tanto escándalo que trataba de disimular frente a sus amistades que lo llamaban a felicitarlo por la nueva adquisición de una empresa. Lo imaginaba acercarse, lentamente, apuntándome a mí primero. Si fallaba el primer tiro, seguiría el otro y el otro, mientras Mariana correría y se salvaría. Lo creía un ser despiadado. De seguro que no solo tenía un arma, tenía miles guardadas por todo ese ancho cuerpo.

Tardamos cuarenta minutos en llegar al otro escondite. Un hotel encubierto, si pasabas por el frente solo veías una pollería. Cerré todas las cortinas. Las luces del cuarto, tenues, estaban prendidas desde el momento en que entramos. Mariana se tiró en la cama y mantuvo un silencio sigiloso por varios minutos. Pasaron dos horas. Las luces empezaron a alumbrar con mayor fuerza. Al menos sabíamos que a Mr. O no se le ocurriría entrar a buscarnos aquí. Todas estas suposiciones eran dadas por Mariana que decía conocerlo muy bien. Yo seguía creyendo, aunque cada vez menos, que Mr. O era capaz de todo.

Las dos y media de la madrugada. Mariana fue a darse un baño. Yo decidí esperarla a que salga y hacer el amor. De repente me apeteció follar como un degenerado. Pasaba por mi mente que sería la última noche que tendría a Mariana Olivar, mi deseada Marianita, cerca de mí, desnuda y dispuesta a todo. No tardó ni diez minutos en salir de la ducha. Me miró cómplice. A ella al parecer también le habían dado ganas despiadadas de tener sexo. Observó mi falo. Se acercó despacio y siguió mirándolo. Yo sabía lo que pasaba. Me acerqué y la abracé, junté fuertemente mi cuerpo con el suyo. Empezamos a frotarnos, removernos como unos animales apareando, unos perros callejeros. De repente me alejó empujándome. Nada de esto sirve, Rodrigo. La hemos cagado. Todo se ha ido a la mierda. Y por última vez observó mi pene caído, sin ningún indicio de que en algún momento se levantaría. Sentí toda la culpa anudarse en mi cuello. Me tiró una toalla. Póntela hace frío. Un amante nunca admite que ya no puede satisfacerla. Sería ilógico. Si el marido no funcionó, entonces yo lo tendría que hacer. Ni siquiera eso. Buenas noches Rodrigo. La mujer raptada de mi potencial asesino dormiría con las luces prendidas. Yo seguiría sentado, observando cómo afuera los pollos a la brasa seguían siendo el tesoro preciado para los borrachos que salían de los bares.

Siempre creí que ella tendría que ser el personaje de mi vida. Mariana Olivar era la mujer con la que tendría que enrolarme en la más difícil situación de peligro y fatalidad. A pesar de no pasar los dos los veinticinco años, creíamos que podíamos culminar nuestras experiencias de aprendizaje a esta corta edad. Si ella también lo creía entonces ni vuelta que darle. Y sin más búsqueda pasó lo que ahora cuento.

Hace un año y medio que sucedieron los hechos. Mariana se retiró de la universidad para casarse con un empresario de éxito, y perdimos contacto. Hasta antes de que ella conociera a Mr. O -creo que fue en un evento en el que ella trabajaba como anfitriona- los dos intentábamos ser novios. Mi timidez no me dejó acelerar las cosas. Ella era de las que esperaba a que el hombre diera el primer paso. Yo iba a darlo hasta estar seguro de que en realidad yo le gustaba muchísimo. Unos cuantos días después de que se casara, averigüé por algunas amigas suyas, dónde estaba viviendo. Quizás quise saberlo por el ánimo de conservar algo de ella, al menos su dirección, y de repente algún día pasar y verla saliendo de su casa con una enorme barriga y unas ojeras horribles, qué fea que estás Marianita, ya no me gustas, lo siento, y me correría de ella llorando porque, aunque estuviese así de horrible, yo la seguiría queriendo. A los meses de su matrimonio dejé de saber completamente de ella. Por razones económicas dejé la universidad y me puse a trabajar en una librería. Fue allí donde volví a verla. Ella me reconoció en secreto. Oye mi marido es celoso, compórtate como si no nos conociéramos, si te abrazo si quiera para saludarte viene y empieza el cuestionario de preguntas que por qué… Yo hice todo lo que me pidió. Pero por cosas de la vida ella no pudo contenerse. Nos detuvimos frente a la sección de Filosofía. Disimulaba describirle algunos libros que seguíamos sacando cuando el tiempo se acortaba en la conversación, mientras el entonces misterioso hombre de saco, lentes y zapatos brillosos se acercó. Amor, podrás creer que este chico estudió conmigo en la universidad y mira dónde me lo vuelvo a encontrar. Me estrechó su mano. Solo su mano y su saco sin un brote de polvillo fueron lo único que observé. Era tan inmenso que me llevó años en saber cómo era su rostro. Me llevo todos estos años. Mariana aprovechó que Mr.O pagaba la cuenta de los libros para actuar: toma mi número, llámame por favor. Así fue que se reinició todo, después de tanto tiempo de intriga, mis esperanzas de volver a verla como siempre la había querido se habían hecho realidad: no tenía ningún síntoma de envejecimiento. Por muchas noches no pude dormir recreando las escenas que podrían haber sucedido en su vida durante el tiempo en que pensaba que ella había sido raptada por alguna tribu de caníbales. También fue en esa época en que conocí el amanecer. Nunca me había quedado hasta las cinco de la mañana despierto. Y vi cómo el sol, como todo macho imponente, cubría con una luz prolongada todo el cielo, y que jodía a algunos que aún dormían, y que también me jodía porque quería seguir estando en las tinieblas, recordando a la Mariana de la que me había enamorado en la universidad.

El coágulo de sangre –para los poquísimos acostumbrados al sangrado de la nariz repentino- aun lo tenía latente, merodeando las fosas. El sueño se avecinó a eso de las tres de la mañana. Aunque no sé si cedí o me repuse en mi posición, en mi torreón, revisando si el enemigo acechaba.

Mr. O entra en la habitación. Se detiene en el umbral de la puerta, sus movimientos eran como conducidos por un director de cine, bruscos, tan toscos y torpes que me quedé inmóvil, observándolo inofensivo. Se produce una leve sonrisa en sus labios. Le devuelvo la sonrisa, ajustando mis ojos para memorizar por última vez los detalles de su cara. No es el Mr. O que había imaginado. Mariana no se había despertado por el ruido de la puerta y los pasos triturantes de su marido. Mr. O sonríe irónico viendo a su mujer, a mi Marianita, desnuda, durmiendo descubierta. Abre su saco y saca el arma. Lástima que no existieron gestos para que Mr. O hubiese podido entender que no había tocado a su mujer, que solo una vez lo hicimos, pero no fue gran cosa, lo juro, lo juro, yo ya no quiero nada con ella, lo juro. Saca su arma y se dispara en la sien, cayendo entre el desorden del eco y el ruido de la cama. Mariana salta asustada. Yo me tumbo sobre ella y la abrazo. Todo se acabó, Mariana, amor. Cierra los ojos. Ni el cuerpo del hombre caído, ni el de la mujer entre mis brazos temblando, eran las excusas de mi mente para apartarse del momento. Solo una idea corría en todo cuarto, la puerta se mantuvo abierta para que el suspenso fuera el único espectador de la última escena: Mr. O me había decepcionado.