
por Orlando Mazeyra Guillén
Camino por la Plaza de Armas tratando de olvidarme de mí mismo y pienso que hay gente con caries, migrañas, pies planos, várices, escoliosis, cáncer o sida. Y habemos otros que –aparte de la gastritis crónica producto de la ansiedad, el alcohol y las caparinas– estamos enfermos del corazón. ¿Alguna cardiopatía?, preguntará el especialista. No, ¡qué va! Hablo de cosas más profundas que ningún bisturí podrá siquiera rozar simplemente porque no están dentro de mí, sino “lejos, en el centro de la tierra: las raíces del amor donde estaban quedarán”.
A veces pienso que la vida sólo sirve para preguntarse: ¿cómo se aprende a amar? No es algo que me haya enseñado la sociedad, porque lo único que esa señorona hipócrita y (supuestamente) sabihonda me ha enseñado es a querer parecerme a los demás (será por eso que la odio) o, al menos, a tratar de no salirme de los márgenes, los patrones normales (“míralo a Periquito, ¡qué orgullo de sus papis!”). Si lo haces, luego viene lo feo: eres un vago o no tienes claro tu futuro, el sistema se irá encargando de ti o el psiquiatra te atiborrará de medicamentos para afinarte el motor como si fueras un Tico cochambroso. “¡Haz lo que te salga de los forros!”, parece decirte tu conciencia y, en contrapartida, “haz lo correcto”, te dice ese Pepe Grillo que tiene el rostro de tu madre, de tu gente, de la gente que quieres y que te quiere ver “bien, hecho un hombre de provecho”.
Si algo se aprende en este mundo de payasos y tetudos que salen a diario en los noticieros mostrando sus miserias y ocultando fechorías; es que nosotros, en nuestro recinto privado (“el hogar, dulce hogar” que a veces suena a mitología barata o a cuento de hadas) somos iguales o peores que ellos. Sí, hay que reconocerlo, aunque joda.
Indagar sobre la vida es hacerlo sobre la muerte. ¿Qué dejo y qué me llevo? El amor no se toca ni se embroca, simplemente se respira (se transpira). No es mucho ni poco, simplemente ES. Y el amor no es un gesto cotidiano como piensan algunos. Es besar como si ese beso fuera el último (o el primero). Olvídese de la boca, bese con los ojos, las manos o, si puede, con la conciencia. ¿Cuántos suicidas en el mundo se habrán declarado enfermos del corazón? La gente pide auxilio y todos cierran los ojos y se tapan los oídos. Recién los abrimos cuando “ya se consumó”: la portada del diario a todo color y el tiraje que crece, sube como la espuma. “Los que se suicidan son cobardes”, murmurará el tonto por antonomasia o el cura que predica el amor (pero no entre homosexuales, ¡oh, Señor!).
Al final, pocos son capaces de reconocer -como yo lo estoy haciendo- que odian. Y por eso ya estoy medio muerto. Ya no espero nada de la vida, quizá ese sea mi único delito. Juzguen a este triste revejido. Háganlo todos, menos la Muerte.







